La Quintrala fue solo una impaciente precursora, por Lenka Franulic
...
Todavía se deberían estar rezando en la iglesia de las Agustinas las veinte mil misas que doña Catalina de los Ríos y Lisperguer, alias la Quintrala, dispuso en su testamento fuesen rezadas por su alma irreverente y sacrílega. A juzgar por las precauciones adoptadas para la salvación de ella, la tenía por lo visto en más estima que a su cuerpo perecedero y pecador. De nada le valieron, sin embargo. Han transcurrido 279 años de la muerte de la Quintrala y nadie se acuerda ya de aquellas misas para cuyo cumplimiento legó la suma de veinte mil pesos –suma con la que al cambio de la época podía comprarse casi una provincia de Chile– y que, a razón de 52 por año –una cada viernes– debían proseguir rezándose por espacio de varios siglos. Los dos quintales de cera encendidos en su entierro, el más fastuoso que Santiago hubiera presenciado jamás, y todos los responsos pronunciados por su eterno descanso no impidieron que en la imaginación de sus piadosos contemporáneos la Quintrala recibiera el castigo que ellos le decretaron para el más allá: el de permanecer colgada de un cabello en la puerta de la calle del infierno. Y allí la tienen suspendida todavía.