Perdedores
La desconfianza no moviliza a los propios sino que desmoviliza a todos, de modo que quien denuncia fraude para retener a su base puede terminar fabricando abste...
En épocas pasadas el cierre de una jornada electoral terminaba habitualmente con un ritual conocido, en el que el perdedor subía a un estrado, agradecía a los suyos, felicitaba al adversario y se iba a dormir. Adam Przeworski lo resumió con una fórmula que los manuales repiten desde entonces, según la cual la democracia es un sistema en el que los partidos pierden elecciones. La frase conserva su elegancia, pero lo que ha cambiado es que cada vez menos candidatos parecen haberla leído, y esta semana ofreció tres versiones del mismo libreto. En Brasil, Lula da Silva obtuvo el 25 de octubre cerca del 51,8% de los votos frente al 48,2% de Flávio Bolsonaro, y se convirtió en el primer candidato desde 1989 que gana una segunda vuelta tras haber quedado segundo en la primera. Bolsonaro pidió anular la elección y tomó un avión a Miami. En Israel, mientras tanto, Netanyahu sostiene que la elección del 27 de octubre le fue robada mediante sobornos e injerencia extranjera, versiones que la Comisión Electoral Central considera carentes de fundamento. Y en Estados Unidos, a pocos días de las legislativas del 3 de noviembre, el propio Trump intensifica las impugnaciones judiciales contra los estados antes de que cierren las urnas, en lo que constituye la gran innovación del ciclo, la sospecha instalada por adelantado, como quien contrata un seguro contra la derrota. Nada de esto debería sorprendernos, porque se trata del síntoma predecible de una patología que lleva una década incubándose a la vista de todos, con fechas que ya son efemérides, como el 6 de enero de 2021 en Washington o el 8 de enero de 2023 en Brasilia.
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https://elpais.com/chile/2026-11-01/perdedores.html